Luxemburgo, ese pequeño gran país

Benja Martínez. En pleno corazón de Europa se alza el pequeño, pero encantador, Gran Ducado de Luxemburgo. Con sólo ochenta y cuatro kilómetros de largo y pese a haber sido objetivo clave de bombarderos durante la Segunda Guerra Mundial –triste historia recordada en los museos de todo el país–, Luxemburgo ocupa una posición privilegiada en el podio de los estados más ricos del mundo. Todavía no se entiende cómo no es un destino más conocido. Quizás los propios luxemburgueses lo prefieran así para mantener resguardados sus múltiples tesoros, esos que solo curiosos como nosotros acaban por descubrir. Solo te llevará un fin de semana para dar con ellos.

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El milagro económico del país comenzó con el acero; sin embargo, la metalurgia dio paso a banqueros y eurócratas, conviertiéndolo en un paraíso fiscal. Dinero aparte, la capital homónima del país, declarada Patrimonio de la Unesco, se encarama por un inexpugnable acantilado hasta acariciar una privilegiada sitación desde donde poder apreciar las numerosas colinas que conforman la geografía luxemburguesa, presididas por atractivos castillos. Luxemburgo merece ser disfrutado. Aquí algunas razones:

Uno de sus principales atractivos son sus puentes, necesarios para cruzar los valles formados por los ríos Alzette y Petrusse. El puente Adolphe, el viaducto o Puente Viejo y otra serie de pequeños puentes que unen los diferentes barrios de la capital sirven de perfectos miradores desde donde inmortalizar momentos de postal.

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Luxemburgo es sede del Tribunal de Justicia de la Unión Europea y del Tribunal de cuentas Europeo, entre otras. Sin duda, un merecido tributo a uno de los ‘padres fundadores’ de la Comunidad Europea, Robert Schuman, luxemburgués de madre y de corazón, que gracias al negocio del acero consiguió crear los lazos que hoy ya unen a veintiocho países. Merece la pena una visita al Barrio Europeo, donde encontrarás además del Museo de Arte Moderno, edificios de vanguardia que contrastan con la Vieja Ciudad.

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Imprescindible un paseo por ‘la Corniche‘, para muchos ‘el balcón más bello de Europa’, que se extiende desde el Plateau du Saint Esprit hasta la Rock de Bock. Éste es un recorrido que bordea la Ciudad Alta y al que acompañan señoriales y magníficas maisons. Excepcionales vistas del barrio de Grund, del valle del Alzette y de la meseta de Rham.

Otro de los atractivos de la capital luxemburguesa son sus ‘casamatas‘ y fortificaciones. Imprescindibles son las de Pétrusse o las de Bock. Metros y metros de recorridos subterráneos construidos en época de la ocupación española que constituyen la base de la ciudad. No aptas para claustrofóbicos.

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A 47 kilómetros de Luxemburgo, cerca de la frontera con Alemania, se encuentra Vianden, un pintoresco pueblo con pasado galo-romano cuyo nombre deriva del celta vien –roca–. Entre sus principales atractivos está su castillo, construido entre los siglos XI y XIV sobre las ruinas de un castellum romano, residencia durante muchos años de los condes de Vianden. El castillo se deterioró en el siglo XIX y así permaneció hasta que en 1977 pasó a manos del gobierno luxemburgués, que lo restauró. Se ingresa a él a través de cinco puertas. En el piso inferior descubrirás el ‘pequeño palacio’, que alberga el Salón del Capitán y la Armería decorada con emblemas del condado y de la familia Nassau. Por su parte, el ‘gran palacio’ ocupa la parte alta del castillo. Imprescindibles las vistas desde el claustro. Quitan el hipo.

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Fachadas en colores cálidos, techos a dos aguas oscuros, ventanas simétricas… A tan solo 20 kilómetros de la capital –a 30 kilómetros de Francia–, ya en suelo alemán, la villa medieval de Saarburg bien merece una parada. Ratifica su belleza una cascada de 20 metros situada justo en su casco histórico. En tu paseo por Saarburg no puede faltar conocer el Ayuntamiento (Rathaus), andar por la Pequeña Venecia de puente en puente uniendo ambos lados del arroyo Leubach, ir al punto panorámico Schleif y visitar las Torres Kauten y la más antigua Kuno. Ah, y una copa de vino. Imprescindible.

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